Es que Vinicius llevaba minifalda | Televisión

Mucho antes de La Manada, en 1989, una sentencia sobre una agresión sexual causó un escándalo de los que sirven para empezar a cambiar las cosas. La Audiencia de Lleida falló entonces que una adolescente “pudo provocar, si acaso inocentemente, al empresario Jaime Fontanet por su vestimenta”, por lo que él fue condenado a pagar la ridiculez (ya entonces) de 40.000 pesetas por abusos deshonestos. El Supremo confirmó la llamada “sentencia de la minifalda”, y fue el presidente de la Audiencia el que se presentó ante los medios como víctima… del revuelo social. La auténtica víctima, la menor agredida, contó que seguía teniendo pesadillas con aquello más de tres décadas después.

En este tiempo ha avanzado la sensibilidad social, ya era hora, sobre la violencia contra la mujer. Bueno, no la de todo el mundo. Aún puede escucharse eso de: “Es que ella iba provocando”. También resuena otro mensaje inquietante: “Yo no soy machista ni feminista”. O ese tan manido: “No soy machista, pero…”. Da igual cómo continúe la frase; no llevará a nada bueno.

En conciencia contra el racismo hemos ido también lentos en España. Las continuadas agresiones verbales contra Vinicius Jr. nos han llevado al festival de “yo no soy racista, pero…”. Numerosos comentaristas aleccionan a la víctima, en tertulias y columnas de medios deportivos, sobre cómo debería comportarse cuando le gritan “mono” desde la grada. Como si a ellos les hubiera pasado. Una persistente costumbre que ha dejado en evidencia a España ante el mundo entero. En Brasil es un asunto nacional, del que habla muy irritado el presidente Lula da Silva, y se han celebrado manifestaciones de repulsa.

Manifestación ante la embajada de España en Brasilia en solidaridad con Vinicius, en marzo de 2023.
Manifestación ante la embajada de España en Brasilia en solidaridad con Vinicius, en marzo de 2023.SERGIO LIMA (AFP)

Aquí se opina del asunto desde la camiseta de forofo, y no desde nuestro papel de ciudadanos. También fueron insultados, solo el pasado fin de semana, el entrenador de Sevilla, Quique Sánchez Flores, por lo que pueda tener de gitano; el jugador argentino del mismo club Acuña, ambos en Getafe; y Cheikh Kane Sarr, portero senegalés del Rayo Majadahonda. Para colmo, a este último lo han sancionado con dos partidos por encararse con los agresores y con el árbitro, y al club por retirarse del campo en Sestao. Lo que ocurra en las categorías inferiores queda fuera del radar.

No es lo mismo, no, ser violada que ser insultado, por repetidamente que sea. Pero ante formas muy distintas de discriminación vemos la misma respuesta tóxica, a menudo en las mismas voces: impeler a la víctima, y no a sus acosadores, a que cambie de actitud. La víctima de la sentencia de la minifalda, la de La Manada, la de Dani Alves o la del concejal de León tuvieron que sufrir un severo escrutinio, en algún caso instigado desde el entorno de sus agresores. Ah, que siguió saliendo de fiesta los sábados; ah, que siguió vistiendo igual; ah, que no parecía tan afectada…

Cuando Vinicius lloró en una rueda de prensa, porque solo es un joven bajo enorme presión, se dijo que estaba actuando para el documental sobre él que prepara Netflix. Mientras llega este, puede verse el capítulo que le dedicó la serie Campo de Estrellas, en Prime Video, que se hizo en 2021, cuando ya estaba en el Real Madrid pero no era la figura que es hoy, sino objeto de burlas por su desacierto ante la portería. Buena parte del relato corre a cuenta de sus padres, con los que vivía en la pobreza en São Gonçalo, un lugar controlado por las mafias del narco en la periferia de Río. Recuerdan que Vini era un niño tímido, introvertido, y que, como se le daba bien el balón, lo llevaron desde chico a los campos de fútbol para mantenerlo lejos del siniestro entorno del vecindario. Con 16 años debuta con Flamengo en Maracaná, con 18 llega al Madrid. Nada ha sido fácil para él, ni para los suyos.

Ya no es ese chico tímido. Dice su padre: “Su punto fuerte es la personalidad”. Es un tipo temperamental, sí. Sus conflictos en el campo los paga con tarjetas y partidos de sanción. Es un gran regateador, de los que quedan pocos, y lo paga llevándose patadas. ¿Lo que molesta de él es que dejó de callarse, como se callan otros, que se atreve a señalar a la grada, que es millonario, que baila cuando marca un gol? No hace falta ser Martin Luther King para alzarse contra el racismo. Nadie tiene que aprobar el examen de víctima.

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